Capítulo 1 (Versión Extendida exclusiva para suscriptores):
“¿Ya viste a quién están candidateando?”
La vacante no ha salido.
Pero el chisme ya lleva tres juntas circulando.
Nadie dice nombres, pero todas las miradas llegan a mí después de cada “ojalá se quede alguien del equipo”.
Yo no he dicho que quiero el puesto.
No he aplicado.
No he armado presentación, ni pedido cita con la insoportable de Recursos Humanos, ni hecho lo que se supone que tienes que hacer cuando te interesa una vacante “confidencial, pero sabida por todos”.
Solo me siento observada.
Y eso es incómodo.
Hoy me pasó algo que no había vivido en siete años de carrera:
Me felicitaron por algo que no he ganado.
En la junta de staff, Samantha —mi jefa, directora de marca y consultora de control emocional disfrazada de liderazgo empático— soltó la frase:
—Renata ha mostrado un perfil de liderazgo muy interesante.
Me encanta ver cómo algunos crecen sin necesidad de pedirlo.
No hubo aplausos. Solo tres silencios incómodos.
Uno de ellos mío.
En cuanto terminó la reunión, me llegó un mensaje por Teams. De Diego, el becario.
Respondí con mi frase más usada este trimestre:
Después de eso, alguien me dejo un café en mi lugar con unas Oreo.
Mi letrero con mi nombre y posición, desapareció.
Y alguien empezó a reenviarme correos míos… con mis propios errores subrayados.
No directamente. Desde una cuenta genérica: internos@verticecorp.com
No hay firma.
Solo una nota al final del mensaje:
¿Es una advertencia? ¿Un test? ¿Un intento de sabotaje? ¿A todo mundo lo dan por hecho tanto, como para no tener la cortesía de compartir decentemente la información?
Lo único que sé es que el clima de oficina cambió.
Las conversaciones dejaron de ser espontáneas.
Ahora todo es más… medido. Más cordial. Más competitivo.
Como si todos estuviéramos en un reality show, pero nadie quisiera admitir que hay cámaras.
Al regresar de la hora de la comida, encontré una nota en mi lugar.
Escrita con pluma morada, en una servilleta de baño.
Y una letra que me parece familiar
Lidia.
La exdirectora.
La que “renunció” hace tres semanas.
La que no tuvo despedida, solo una minuta sin firmar.
La que me dijo, antes de irse:
Ese día me fui a casa con la sensación de que sí estoy en un proceso.
Pero no uno de selección.
Uno de resistencia.